El dilema de ser independentista y alegrarse con los goles de la selección española de fútbol vuelve a primer plano este domingo, cuando España se enfrente a Arabia Saudí en la segunda jornada del Mundial. Una frase resuena estos días en las terrazas de Cataluña: «Soy independentista, pero cuando juega España quiero que gane por los jugadores del Barça y por los catalanes». Otros van más allá: «No me siento español, pero me gusta su fútbol». La aparente contradicción entre la desafección hacia el Estado y la euforia por los tantos del equipo de Luis de la Fuente divide a muchos aficionados catalanes, y los expertos llevan años analizando sus implicaciones nacionales bajo el paraguas del «nacionalismo banal».

Acuñado por el psicólogo social Michael Billig en 1997, el concepto describe una forma «invisible y medianamente inconsciente» de identificación con la nación, presente sobre todo allí donde ya no hace falta ondear banderas porque la pertenencia se da por asumida. Ferran Archilés, historiador de la Universitat de València, explica que el éxito de este mecanismo es que «naturaliza la nación», haciendo que a la ciudadanía le parezca natural formar parte de ese país sin grandes estridencias.

No obstante, la popular excusa del «no me siento español, pero voy con la roja» presenta matices clave. Alejandro Quiroga, director del máster en estudios sobre nacionalismo de la Universidad Complutense de Madrid, señala que los «sentimientos de identificación nacional son previos» a la adhesión pasional a la selección: si alguien se emociona hasta la médula con las victorias de España, es probable que ya exista una identidad latente, y el evento deportivo actúa como «recordatorio» de esa pertenencia.

Archilés matiza que animar al equipo estatal solo por el espectáculo o por los vínculos con jugadores del club local «no es nacionalismo banal, porque tú no te estás identificando con la nación española, que es la que fomenta la selección». El mecanismo identitario genuino solo se activa cuando la persona se vincula de forma irreflexiva, sin haberse preguntado si se siente «nacionalista o españolista».

Ambos expertos coinciden en desmontar la supuesta neutralidad política del deporte. Quiroga sostiene que «al defender una selección de fútbol nacional, al menos se está defendiendo el statu quo», lo que implica tejer un vínculo emocional con esa nación. Y sentencia: «Cualquiera que te dice que no hay que mezclar fútbol con política te está diciendo claramente que hay que defender el establishment».

Los medios de comunicación desempeñan un papel clave en la propagación de estos marcos mentales. Durante la retransmisión del partido contra Arabia Saudí, el uso continuado de expresiones como «hemos jugado bien» delimitará una frontera entre un «nosotros y ellos», recordando de forma imperceptible a qué comunidad se pertenece. En España, concluye Archilés, «la fuerza que tiene el fútbol y la selección nacional es extraordinaria, y la capacidad de difusión de un imaginario nacional, también». La euforia de las terrazas, advierte, transforma una fina identidad asumida en un auténtico «nacionalismo caliente».