Barcelona, 20 de febrero de 2025. En el número 88 de la calle Aribau de Barcelona se encuentra un establecimiento que desafía el paso del tiempo: Pintures Jordi, una tienda de pinturas que desde hace décadas es un referente del comercio local. El negocio, que transmite el inconfundible olor a pintura, barniz y disolvente, ha pasado por tres generaciones de la misma familia.

El fundador fue Joan Jordi Ferrer, el abuelo; le sucedió su hijo Joan Jordi Cortés, y hoy está al frente Joan Jordi Romeu, que acumula más de tres décadas tras el mostrador. La tienda conserva su mobiliario original de madera, más de trescientos cajones que aún conservan en su interior restos de los pigmentos que antaño se usaban para preparar las pinturas de color, y unos carteles de madera que cuelgan del techo, procedentes de otra tienda familiar de pinturas en la calle de Sants, traspasada a principios de los años ochenta.

El secreto del negocio, según explica Joan Jordi Romeu, no es otro que la necesidad constante de la gente de pintar paredes, techos, fachadas y ventanas de sus hogares y locales. La tienda ofrece respuesta a todo tipo de necesidades —excepto la pintura de coches, que considera un mundo aparte—.

Uno de los cambios más notables en las últimas décadas es la evolución de los productos. Hoy en día, las pinturas ecológicas y sostenibles son las más demandadas, lo que ha reducido considerablemente la intensidad olfativa de los productos. La pintura en spray, en cambio, está en declive por la dificultad de aislarse de su nube tóxica. La preparación de las pinturas también ha cambiado: antes se hacía a mano, ahora una máquina prepara el encargo con un código y una base.

La clientela de Pintures Jordi es variada: desde particulares que quieren pintar su casa hasta profesionales de la reforma. Además, el propio Joan Jordi Romeu puede recomendar un pintor de confianza para quienes prefieran delegar el trabajo. La tienda cuenta con todo tipo de pinceles, rodillos y el clásico rollo de cinta adhesiva para proteger las superficies.

El negocio vivió momentos difíciles con la muerte del padre, Joan Jordi Cortés, pocas semanas antes del inicio de la pandemia, y el posterior cierre obligatorio de dos meses durante la COVID-19. Sin embargo, le siguieron dos o tres meses de auténtico boom de ventas: «Parecía que todo el mundo se hubiera decidido a pintar su casa», recuerda el actual propietario. Hoy, Pintures Jordi sigue siendo un clásico del comercio de barrio en Barcelona.