CaixaForum Barcelona presenta la exposición Una fuerza del pasado, una muestra de arte contemporáneo que explora cómo los artistas actuales conversan, discuten, reinventan e incluso desafían a los grandes nombres de la historia del arte. La exposición, que podrá visitarse hasta el 10 de enero, reúne 37 obras —32 de la colección de la Fundación ”la Caixa” y cinco préstamos— y toma su título de un verso del poeta y cineasta Pier Paolo Pasolini: «Yo soy una fuerza del pasado. Solo en la tradición está mi amor».
El recorrido comienza precisamente con un fragmento de la película La ricotta (1963), donde Orson Welles recita esos versos. La declaración funciona como un manifiesto: mirar hacia atrás no implica nostalgia, sino una manera de comprender el presente. Los comisarios, Carlos Martín y Nimfa Bisbe, han evitado organizar la exposición en capítulos cerrados o recorridos cronológicos. Las obras se encadenan como si formaran parte de una conversación abierta donde cada pieza remite a otra ausente. Las cartelas incorporan reproducciones de los referentes históricos —Rembrandt, Degas, Cranach, Rothko, Canova, Velázquez, Picasso, Goya, Magritte o El Bosco—, permitiendo al visitante reconstruir una «segunda exposición paralela», una exposición fantasma.
«Es casi como entrar en otro museo —explicó Martín durante la presentación—. Uno formado por imágenes que no están físicamente presentes pero que sobreviven en las obras contemporáneas».
Entre las piezas más destacadas, Javier Arce recupera La lección de anatomía del doctor Tulp de Rembrandt en una obra monumental realizada con rotulador negro, pero la imagen aparece arrugada y deformada, como rescatada de una bolsa de basura. Julião Sarmento toma la célebre Bailarina de catorce años de Degas y la transforma en una figura adulta realizada mediante escaneado corporal e impresión 3D. Tacita Dean, en Gellért, parte de La fuente de la juventud de Lucas Cranach el Viejo y sustituye el milagro por mujeres reales compartiendo un espacio de bienestar.
Una de las piezas más espectaculares es La trayectoria de la luz en la cueva de Platón, de Mike Kelley, una gran instalación que obliga al visitante a entrar a gatas y conecta la alegoría platónica con la creación de imágenes. También están presentes las fotografías de Cindy Sherman inspiradas en la tradición pictórica occidental, las esculturas hiperrealistas de Sharon Lockhart y las reinterpretaciones digitales de El jardín de las delicias de El Bosco realizadas por el colectivo SMACK.
Marcel Duchamp actúa como eje gravitatorio de la exposición. Sherrie Levine convierte los «solteros» de El gran vidrio en esculturas encerradas en vitrinas museísticas, en un gesto que puede leerse como homenaje e ironía. Más feroz resulta el políptico Vivre et laisser mourir ou la fin tragique de Marcel Duchamp, de Eduardo Arroyo, Antonio Recalcati y Gilles Aillaud, que imagina el asesinato simbólico del artista francés y refleja el conflicto generacional de los años sesenta.
«La muestra demuestra que la historia del arte sigue siendo una cantera inagotable para los creadores contemporáneos, aunque estos rara vez se limitan a copiar», señala la organización. La exposición evita presentar la historia del arte como una sucesión de monumentos intocables: aquí Rembrandt puede convertirse en un papel arrugado, Cranach en una película de 16 milímetros, Degas en una impresión 3D y Duchamp en el protagonista de una discusión que continúa abierta.