Formentera atraviesa el verano de 2026 con una transformación sutil pero significativa: más moda, mejor gastronomía y hoteles que perfeccionan el arte de la discreción, mientras la isla reivindica su bien más escaso, el silencio. Según publica La Vanguardia, a medianoche buena parte de la música exterior se apaga, dejando paso al mar, las conversaciones y una oscuridad que aquí sigue formando parte del paisaje.
La temporada alta ha traído consigo operaciones de lujo silencioso. Loewe Perfumes instaló en Gecko, con acceso directo a la playa de Migjorn, una parada de su Ice Cream Bar, una experiencia inspirada en la vela perfumada Pistachio y desarrollada junto a Hijos de Nata, que ya había pasado por Barcelona, Marbella, Málaga y Mallorca antes de recalar en la isla. En Sant Francesc, el grupo italiano G&B ha consolidado a través de Es More un pequeño ecosistema de lujo que reúne firmas como Prada, Alaïa, Bottega Veneta, Valentino o Phoebe Philo, además de participar como socio local en la boutique estacional de Loewe en la calle de Ramon Llull.
La oferta gastronómica también se ha refinado. Chezz Gerdi, el emblemático restaurante frente al mar en Es Pujols, ha estrenado imagen en su decimoctava temporada con una reforma que incorpora tejidos de Loro Piana. En Cala Saona, el chef Ramón Freixa —dos estrellas Michelin— ha consolidado dos conceptos: a mediodía, Cala Saona Ramón Freixa se presenta como un «chiringuito ilustrado» con pescados, mariscos y arroces; por la noche, Sol Post ofrece un menú degustación al atardecer frente a una de las pocas playas de la costa occidental. En Hannah, la sofisticación adopta una forma más tradicional: el restaurante cuenta con un llaüt propio, La Maja, que faena para abastecer de langosta, pescado de roca y marisco al chef Alberto Pacheco.
En el apartado hotelero, Dunas de Formentera ofrece 45 habitaciones diseñadas por Antonio Obrador entre las dunas de Migjorn, conectadas por pasarelas de madera y con una ausencia deliberada de televisores. Teranka organiza sus 35 habitaciones en tres edificios —Mar, Tierra y Cielo— según su relación con el paisaje, con muros de piedra seca artesanales y piscina de agua salada.
La fantasía de aislamiento, no obstante, es relativa: la isla sigue llenándose en agosto, con reservas imposibles y mesas donde se cruzan idiomas de media Europa. La diferencia, según el reportaje, es que Formentera ha decidido poner condiciones a su propia intensidad. En mayo, el Consell inició la modificación de las ordenanzas sobre horarios, ambientación musical y contaminación acústica; en la práctica, la medianoche se ha convertido este verano en una frontera visible para muchas terrazas y espacios al aire libre. Quedan excepciones, como Tipic, el histórico club de Es Pujols, que continúa abriendo hasta el amanecer —toda isla aparentemente tranquila necesita, ironiza la crónica, una puerta por la que escapar de su propia calma.